Analfabetos culinarios

Si en la edición de 2004 el profesor Jesús Contreras pegó un bocinazo sobre la Economía de la fiambrera, término que resume una tendencia de parte de la ciudadanía a pensar en comer menos en los restaurantes y hacerlo más en el lugar de trabajo, o en un parque, ante la banalidad de los menús y sus desorbitados precios -excepción hecha de los que poseen los salvadores vales comida-, ahora, en el 2006, concluye en su habitual estudio presentado en el Foro Internacional de la Alimentación (sexta edición) que “la ruptura en la transmisión de los aprendizajes alimentarios provoca la aparición de analfabetos culinarios”, ya que ni los niños ni los jóvenes están adquiriendo las competencias culinarias básicas (habilidades y/o conocimientos relativos a qué comprar, preparar y, sobre todo, cocinar) en el proceso de socialización general. En términos generales, la transmisión no se está produciendo ni en casa ni en la escuela, y en los casos en los que se produce, se hace sólo de forma parcial.

Intención
 La presentación del estudio se producía en Montjuic-1, mientras Barcelona Vanguardia, en Montjuic-2, arrancaba con más de lo mismo, en materia de chefs mediáticos. La intención de los organizadores del certamen ha sido compensar los antagonismos que se suelen producir en nuestra sociedad, haciendo bueno el lema de “se investiga y desarrolla sobre lo que no se consume y se consume lo que no se recomienda”.
 Los trabajos que dirige el profesor Contreras concluyen que el ciudadano relaciona las recomendaciones nutricionales con la presencia de alguna enfermedad. Es decir, que una buena nutrición se vincula a una cura de salud y no a un hábito saludable. El resultado es que “los españoles comen hoy peor que hace unos años por falta de tiempo, profusión de oferta alimentaria y mayores posibilidades de satisfacer las preferencias gustativas”.

Y hay que ver cómo queda la mediática pirámide de alimentos en manos de la investigación realizada. Ni Ramses lo hubiera hecho mejor: Entre la recomendada y la del gusto emerge la preferida: una pirámide del “consumo real” que más se parece al edificio del Gugemheim que a lo de los faraones de nuestro recordado Terenci Moix.
 O sea, que mientras dejamos de pisar el suelo durante cinco días, cada dos años, la pura realidad nos dice que la industria alimentaria no es mala, cosa que ya era hora que se dijera en voz alta. En cambio, sugiere el director del estudio, hay que cambiar los estilos de vida (multiplicidad de actividades cotidianas, mucha de ellas sedentarias, incompatibilidad horaria, falta de competencia culinaria). En una palabra que no hay alimentos malos, sino dietas poco saludables.

Soluciones
 ¿Quién le pone el cascabel al gato?: ¿La conciliación laboral con sus recomendados horarios? ¿Una nueva frontera para la educación alimentaria en la edad escolar? ¿Volveremos los padres al colegio para aprender sobre hábitos alimentarios como nos va a obligar Tráfico a volver a las academias de conducir, con el nuevo carnet de puntos? ¿Tendremos que redimir nuestras penas cultivando huertos en vez de practicar el “sillon ball”? No estaría mal.
 Puesto que ahora los gobernantes decretan a la carta, bueno sería que alguno de ellos lanzara un carnet que nos penalizara si no comemos “cinco al día” o si, inspeccionando nuestra despensa, el omega 3 no se encuentra en ella.
 Ah! También tendrán en cuenta quitarnos puntos si el número de Play Station, mp3 y DVD supera la media deseada por nuestros padres de la tecnología.
 Es así como al lado de nuestras variables macroeconómicas y sociales: IPC, tasa de paro… aparecerá el índice de analfabetos culinarios, de alta incidencia en políticas relacionadas con la alimentación, la salud y el bienestar de nuestros ciudadanos. l