Entre olas y medusas

Jellyfish, cuya traducción del inglés es medusa, tiene un estilo claramente diferenciado de los locales de moda del barrio de Chueca madrileño donde se ubica. “Queríamos algo distinto a lo que se lleva en la zona, las decoraciones en rojo y negro al estilo Stromboli Café”, indica Duli Rodríguez, copropietaria del establecimiento junto a Mónica Iglesias. Y para ello contaron con la ayuda de la decoradora Charo Mangas quien ha conseguido que en Jellyfish casi se pueda sentir la brisa marina.

En la planta de calle dominan el azul y el blanco, como no podía ser de otra manera. La barra luminosa refleja medusas, presentes también en las vaporosas lámparas que cuelgan del techo, en las proyecciones que por la noche amenizan las paredes y en el logotipo.

La planta baja está dedicada al restaurante, con una veintena de mesas de color negro sobre un suelo de azulejos, que forman un mosaico muy mediterráneo; para rematar, la repisa a la izquierda de la escalera repleta de conchas. El contorno de los ladrillos se intuye en las paredes encaladas. En total, de cara al público hay casi cien metros cuadrados de local marinero con veinte mesas distribuidas entre ambos pisos. Jellyfish permanece abierto hasta las dos de la mañana a diario, excepto domingos y lunes, que cierra y dispone de conexión wi-fi gratuita para sus clientes.

Cocina mediterránea creativa
A mediodía se sirven menús a nueve euros compuestos por recetas de cocina mediterránea creativa, según la definición de Rodríguez. Y por la noche se puede elegir, por un ticket de entre veinte y treinta euros, alguno de los platos de la carta como puede ser el “Solomillo de ibérico con puré de patatas a la vainilla” o el “Carpaccio de atún con parmesano y limón”. La oferta se extiende además a cócteles, batidos, cafés para llenar la franja de tarde que “es lo que más cuesta”, señala la joven. En cuanto a la bodega, “aún hay que pulirla”, admite.

Otro filón que les gustaría explotar es el de los eventos empresariales. Es éste uno de los públicos más apetecibles. De hecho, Jellyfish ha contratado a una compañía de email marketing para que realice envíos a una base de datos de empresas comunicando el menú diario. Lo que sí ha tenido buena acogida es el alquiler del local para fiestas privadas, despedidas de soltero, etc…, de acuerdo con Rodríguez.

La música, indispensable en horario nocturno, suena someramente durante la cena y cuando ésta acaba, el DJ incrementa el volumen; al menos los jueves, viernes y sábados, cuando se invita a un pinchadiscos a que deleite a los clientes, ya sea con bossa nova, house o cualquier otro estilo de música, que muta en bailoteo a medida que la noche avanza. Las propietarias promocionan este aspecto con el envío de correos electrónicos que comunican la programación de DJ’s de cada semana.

Este es el primer negocio de Mónica Iglesias y Duli Rodríguez, quienes se muestran muy implicadas en el negocio. Sin embargo, estas jóvenes emprendedoras llevaban muchos años trabajando por cuenta ajena en hostelería, concretamente en el pub Irish Rover, aunque, para ellas es distinto estar detrás de una barra que dirigiendo un negocio propio: “Hay cosas que no ves aún habiendo trabajado en hostelería. Ahora tienes la presión de que o funciona o no puedes pagar. Tienes que mirar todo, hasta el precio del papel higiénico”.

Ambas realizan el trabajo de campo, junto al cocinero y su ayudante. “A veces vienen amigos o conocidos a echarnos una mano si tenemos más trabajo”, afirma Rodríguez. Tras tres meses en el candelero, las propietarias aún no se plantean seriamente la idea de expandir el negocio hasta afianzar el actual, aunque la semilla está plantada: “Si todo va bien, sí nos gustaría abrir nuevos locales”, reconoce la joven empresaria. (www.jellyfish-cafe.com) l