Imágenes que se saborean, se huelen y se sienten

Su labor va mucho más allá de apretar un botón. Llegan a los restaurantes con su equipo, y concienzudamente deciden la iluminación, eligen los decorados más adecuados, aconsejan sobre qué vajilla puede ser la más adecuada, qué elementos deben aparecer,… Suelen meterse hasta la cocina, y nunca mejor dicho. “Normalmente intentamos colaborar con los cocineros. A lo mejor les corregimos el emplatado o la vajilla y ellos nos escuchan”, explica el fotógrafo Luis de Pazos. “El mundo de la gastronomía ha cambiado mucho y del mantel de cuadros hemos pasado a un ambiente mucho más creativo. Los propios cocineros, los periodistas, han hecho mucho por el cambio, pero yo creo que los fotógrafos también hemos contribuido a cambiar la imagen de la gastronomía”, reivindica.

En cambio, su compañero de profesión Javier Peñas no es partidario de dar consejos estéticos. “Un plato no deja de ser una obra de arte, efímera, pero obra de arte. Intentas intuir cuál ha sido la visión del cocinero a la hora de hacerlo, buscar el mejor punto de vista, el más adecuado para captar lo que se le ha ocurrido hacer”.

A Mikel Alonso, otro especialista, le gusta siempre manifestar su opinión, “pero la mayoría de los cocineros de alta cocina – dice – tienen las ideas muy claras”. Y explica a continuación cómo se mete en la cocina para ver cómo se va preparando una determinada receta: “Me voy haciendo una idea para poner el plato más adecuado, el fondo, y así trato de inmortalizarlo cuanto antes. Tengo fama de rápido”. Incluso hace que la salsa se eche en el plato una vez colocado éste en el escenario, delante de la cámara.

Los más rápidos
Y es que, precisamente la premura es señalada como una de las cualidades básicas del buen profesional. Coinciden en ello los tres consultados. “Cuantas más vueltas des alrededor de un plato, más seco y menos apetitoso se va quedando”, indica Alonso.

La fotografía digital, según Peñas, permite una inmediatez y agilidad que los métodos tradicionales no proporcionaban en ningún caso. Y esta se convierte en el mejor truco para que los alimentos salgan retratados con su mejor cara, aunque en ocasiones se les dé un toque de “maquillaje”, especialmente cuando se trata de bodegones publicitarios. Mikel Alonso revela que un brochazo de aceite sobre el plato aporta aspecto de jugosidad o que echar un poco de ácido clorhídrico a un café hace que éste sea más humeante. Luis de Pazos, por su parte, recomienda que los vegetales no estén muy hechos para que su color sea más vivo y reconoce que en ocasiones sí se utilizan los típicos hielos de plástico a la hora de fotografiar por ejemplo el vaso de un combinado alcohólico. Pero en general, y en esto coincide con Peñas, en las fotos que se hacen en las cocinas o comedores de los restaurantes, las recetas se suelen presentar tal cual; sin recurrir a artimañas.

En cuanto a los platos que presentan más complicaciones, Alonso y Peñas coinciden en señalar la carne. El primero concreta que son las recetas de caza las menos agradecidas. Para Luis de Pazos, muy familiarizado con vinos y licores, los trabajos en los que interviene el cristal resultan especialmente engorrosos, y, en un plano más metafísico, cree que es igualmente complicado“captar el espíritu del artista”.

Iluminación
Respecto a la iluminación, “cada maestrillo tiene su librillo”, como quien dice. De Pazos y Peñas prefieren el flash, mientras que Alonso se decanta “cada vez más” por la luz continúa.

Las fases pre y post a la sesión son fundamentales. En la primera, se trata de conocer lo más posible los objetivos y condiciones del trabajo. En ocasiones, el cliente incluso pasa una especie de briefing con indicaciones.

Y si bien es verdad que el paso a la era digital ha aportado muchas ventajas, los entrevistados señalan también una evidente desventaja: “Pasamos más tiempo al ordenador que con la cámara”, lamenta Peñas. Desde que el Photoshop y los programas de edición facilitaron el trabajo de postproducción gráfica son casi siempre los propios fotógrafos quienes se encargan de corregir sus imágenes. No en todos los casos, eso sí, ya que Mikel Alonso asegura: “Prefiero retocarlo lo menos posible. Lo entrego bastante en bruto. Hay gente en las agencias que controla más que yo”.

El tiempo que dura una sesión es muy flexible, y depende de qué trabajo se trate, pero ha de ser, el menor posible, eso sí. “Hay que tener en cuenta que los cocineros están trabajando y tienes que ir a su casa a incordiarles lo mínimo”, señala Peña.

Del mismo modo, hay un gran rango de precios para elegir, pero por dar alguna pista: una sesión puede rondar los setecientos euros, mientras que el trabajo gráfico de un libro de tipo medio suele estar entre seis y doce mil euros. l