Los nuevos arrieros

Sin embargo, si hablamos de arrieros, hay que señalar que ese tipo de autoridad interesada por atender al viajero en las cosas del comer, llámese AENA, ADIF o cualquiera que sea el acrónimo, a veces pone el carro antes que los bueyes. Nos referimos a las condiciones draconianas que se exigen para licitar, implementar, operar, servir y… recuperar la inversión.
A uno se le pone la piel de gallina cuando accede a la información pública de lo que hay que pagar por obtener una concesión, y se hace cruces de cómo se puede lograr un idóneo ROI por parte del concesionario.
Haciendo abstracción de lo que son las primeras actuaciones en la T1, lo cierto es que alguien ha otorgado un value a la restauración para viajeros en los aeropuertos, más propio de sociedades ricas y macrociudades que de las realidades y tiempos que vivimos, al menos, en España.
Y si algunos directivos creen que la Premium Airport Expèrience, por ejemplo, les va a ayudar a mejorar el ebitda que reportar a los accionistas, mérito tendrán si las cuentas le salen. Tratar a un aeropuerto como un living laboratory es una apuesta muy arriesgada.
Y como queremos que a nuestras cadenas les salgan los números, le pedimos a los nuevos arrieros que no se ceben en ellas. Que traten de negociar situaciones imprevistas y, sobre todo, que no haya efectos colaterales que hagan tirar la toalla a más de un concesionario que ha creído en ellos y desea servir a su público hasta el minuto antes de abordar un medio de transporte.