“Nos gustan los restaurantes que cambian; detestamos los simples comederos”

El restaurante, que la familia Idoate (propietaria del mítico Europa y el Alhambra) gestiona dentro del Mercado del II Ensanche de Pamplona, ha sido creado por los arquitectos Antonio Vaíllo i Daniel y Juan L. Irigaray Huarte, dos auténticos gurús de la arquitectura moderna que, pese a su longeva y exitosa trayectoria profesional, prácticamente se han estrenado en el diseño de restaurantes con este moderno y rompedor local pamplonica.

El establecimiento ocupa el espacio del antiguo supermercado del mercado así como el subterráneo (inutilizado desde hace 30 años y otrora un baño turco). Son 990 metros cuadrados de establecimiento con espacios que se modulan, que se abren y cierran, que se transforman como si de un ser vivo se tratase. “Nos gustan los restaurantes que cambian, que cada vez que vas son diferentes, que cambian con tus emociones, con el tipo de encuentro que deseas. Detestamos los simples comederos. Nos gustan los lugares que hablan del lugar donde están, del clima en el que se ven envueltos, de lo que tienen al lado… Nos gustan los restaurantes que tienen rincones apropiables, habitáculos que pueden hacerse a la medida de cada uno. Pero rara vez los hemos encontrado. Quizás por eso, aceptamos el reto de hacer un restaurante en un mercado”, confiesan y explican los arquitectos Vaíllo e Irigaray, quienes no niegan el “cierto aire neoyorquino” que han conseguido transmitir al local.

Otra de las claves del establecimiento es que se relaciona estrechamente con el exterior, con la calle y con el mercado de abastos, matizando la entrada de luz exterior mediante una pantalla generada con 4.250 botellas de vidrio verde y articulando dos espacios en dos niveles: bar y bodega. “Nuestros argumentos para explicar esta obras son los habituales de nuestros proyectos: metáforas abstractas relacionadas con lo que ocurre alrededor del proyecto, el cliente, el lugar, el uso… En este caso, hemos utilizado elementos relacionados con la cocina-comida-mercado, sacados de contexto y ofrecidos y expuestos como los cuadros de Warhol: botellas vacías (o bebidas), cacerolas, tablas de carnicero… no como simples láminas, sino arquitecturizados (si es que existe el vocablo). El resultado, por ejemplo, es la celosía de botellas de vidrio verde, luminarias y techos acústicos de calderetes, las mesas, bancos y suelos de tablas de carnicero…”, añaden.

El establecimiento se divide en dos plantas, la primera es la que conecta con el mercado y la segunda, un semi-sótano. Esta división también ha permitido dar esa posibilidad de metamorfosis tan buscada por los arquitectos: “son dos espacios, dos modos diferentes de estar: uno cotidiano, abierto, flexible, vinculado a las circulaciones de la calle y del propio mercado, organizando las circulaciones y accesos través del bar; y otro más profundo, austero, vinculando su atmósfera con el concepto de bodega, de lugar bajo tierra, un receptáculo reposado, sereno y más tranquilo”.

Del mismo modo que los espacios son variados, el mobiliario elegido por Vaíllo e Irigaray refuerza los diferentes modos de estar y de comer: sillas y mesas bajas, altas, cuadradas, alargadas, grandes, pequeñas… individuales o para compartir.

El resultado es un espacio que no deja indiferente, un establecimiento absolutamente rompedor con la línea de locales de restauración de Pamplona. Y es que, estos arquitectos han logrado poner una punta de lanza a la arquitectura hostelera con El Merca’o, un local que marca un antes y un después en el panorama hostelero navarro. “La arquitectura, como el resto de las artes, siempre ha tomado las dos alternativas posibles: una arquitectura como manifestación del signo de los tiempos; y el otro camino, reivindicativo, propositivo y beligerante, que pretende mejorar y reorientar la situación del momento. En este sentido, nosotros nos sentimos más próximos a la segunda alternativa”, confiesan los arquitectos de El Merca’o.

Y es que, Vaíllo e Irigaray persiguen con cada una de sus obras objetivos más allá de la practicidad, tal y como ellos comentan: “nos gustaría, en definitiva, que nuestras obras ofrecieran todo aquello que buscamos, que es equilibrio y orden en el lugar; espacios bellos; mejoras funcionales en los hábitos de los habitantes; poesía, capacidad de sugerir, emoción… (…) Nos aburre tremendamente la repetición, por eso, nuestro objetivo es la búsqueda de soluciones idóneas, exactas y certeras a cada problema. No nos interesa la aplicación de soluciones estándar a problemas concretos, o simplemente soluciones bellas”. Efectivamente, con El Merca’o no han caído en la imitación ni en la repetición, sino más bien, han abierto la veda de la búsqueda de la creatividad y la vanguardia a los hosteleros navarros. De hecho, esta obra les valió ser finalistas del los premios FAD 2009.