¡Qué disparate!

Ha quedado en evidencia que, al igual que ocurre sobre toros y fútbol, en este país quien más y quien menos se encuentra capacitado para opinar sobre la profesionalidad de nuestros cocineros más consagrados. Se ha creado el bando de los que están a favor del denunciante, y los que defienden al/los agraviado/s.
“Y tú, ¿quién crees que tiene razón?”, me preguntan de vez en cuando amigos, ya sean o no de la profesión. Y mi respuesta es siempre la misma: “Creo que estamos todos locos, empezando por los periodistas, que estamos amplificando y alimentando la polémica. Es más, la situación se convirtió en catastrófica el día que hasta Jesús Mariñas se hizo eco en sus páginas de sociedad”.

La falta de sintonía entre el autor del libro con la práctica totalidad de los demás cocineros de referencia (incluido el que está considerado como el mejor del mundo en estos momentos) era algo público y notorio desde hace años. ¿Por qué le damos tanta importancia ahora?
Personalmente creo que los que se dieron por aludidos probablemente no deberían haber respondido, pero es un acto reflejo de la condición humana. También ha habido algunos que han aprovechado la polémica para tomar partido por uno u otro bando con la única intención de aparecer en los medios.

Pero, mirado fríamente, todo es mucho más sencillo de lo que parece. Creo que el autor reivindicaba un reconocimiento y, en lugar de ensalzar sus métodos, criticó los de los demás. Con tan mala fortuna que erró el tiro. Es cierto que algunas de las sustancias utilizadas en la cocina de vanguardia pueden ser perjudiciales en dosis desproporcionadas, pero no de forma distinta a otros productos como el laurel o el perejil. Como es algo que se cae por su propio peso, parece desproporcionado darle el bombo que se le ha dado. Vamos, un disparate.