Restaurante Boga, Una apuesta tan estudiada como eficaz

Este podría ser el breve informe que habría que adjuntar al etiquetado del restaurante Boga, un espacio que en poco tiempo ha llegado al corazón de ese público compostelano, de profesiones liberales, un tanto perdido al mediodía por no disponer de la amplia oferta presente en la mayor parte de las grandes urbes, pero casi inexistente en ciudades de cien mil habitantes. Y es que en la capital gallega todo gira alrededor de dos ejes: el turismo y la gama más alta de la restauración. De ahí que no resulte del todo difícil entender el porqué de tan rápida aceptación, sobre todo si el cliente recibe en la mesa platos de calidad media alta a precios contenidos, algo poco usual en Santiago.

Pero como la moderna restauración no debe quedarse sólo en la idea única de dar de comer, sino que tiene que ir más allá y hacer del restaurante un lugar donde disfrutar, los hermanos Beatriz y José Manuel Fernández Vázquez dejaron el espacio disponible en manos de la diseñadora gráfica Silvia Shöne, y la decoración a cargo de la empresa Omodis, no sin dejar claras algunas ideas después de observar las nuevas apuestas de ciudades como Madrid y Barcelona.

Con un estilo que algunos denominan New York, y otros simplemente moderno y original, el Boga destaca por su funcionalidad y confort, especialmente para los que gustan que su espalda descanse sobre el respaldo de tela de una suerte de gran sofá que, en forma de letra ele, recorre de punta a punta el largo de este local. La luz es más que suficiente, aumentada por la que proviene de una cocina a la vista; mucho color acero y unos grandes círculos de colores en las paredes que hacen volver la vista a los setenta. Las mesas juegan a esconder el mantel por unas ranuras sobre las que el cliente apoya los brazos, mientras que las sillas en ningún momento invitan a abandonar el local.

Estrategia
Los artífices del Boga tenían muy claro que en cuestión de fogones había que apostar por fórmulas que cuajasen, a precios asequibles y donde su oficio quedase patente. Dicho y hecho. El interrogante global quedó resuelto con el siempre seguro menú de mediodía de lunes a viernes donde el comensal elige entre tres primeros, dos segundos y dos postres. Total: nueve euros. Negocio redondo. Ahora sólo quedaba diseñar el resto de la carta. Concebida para agradar, los platos miran a Europa, en especial a Francia, pero sin olvidar los orígenes gallegos. Cocina, por tanto, muy al gusto de una clientela entregada desde el primer momento. No es de extrañar viendo cómo los entrantes combinan materia prima gallega auténtica, como los chicharrones, que descansan sobre una Tosta con setas y queso de tetilla, con una Ensalada Oriental a base de pollo marinado a la soja con cacahuetes y fideos chinos. En los segundos se hace palpable que la clientela sigue sintiendo pasión por las recetas tradicionales, de ahí la presencia de un Jarrete braseado con patatas al horno; pero no por ello pierden el norte y entremedias aparece un Magret de pato asado con cous cous y salta de fruta de la pasión. Una sugerencia muy recomendable es el Rissoto de Setas con lascas de San Simón y jugo de ave.

Pescados
Con los pescados la filosofía es no complicarse mucho, dada la amplísima oferta existente en este punto del país, por lo que el problema se resuelve mediante un Salmón al vapor con crema de espinacas o unas Milhojas de lubina sobre pan de tomate y gelatina de humo. En los postres el repertorio se estira algo más. La mejor propuesta es la Tarta de chocolate amargo con helado de naranja, aunque el Carpaccio de piña con helado de especias merece la pena. Llamativo es el Falso huevo frito de tocinillo de cielo. Como no podía ser de otro modo la bodega sigue la línea marcada y la mayor parte de los caldos vienen acompañados por unos precios que no hacen subir en exceso la cuenta final. l
Alfonso Basterra