¡Viajeros al tren!

Qué lejos quedan aquellos años en los que los trenes que cruzaban la Península tenían como bar-restaurante una nevera de hielo y un revisor ofreciendo algún que otro bocadillo para satisfacer el apetito de un viaje de veinte horas, eso si no gozabas de la pericia suficiente como para bajar del vagón y correr raudo y veloz a la cantina de la estación donde la Santa Fe y sus maquinistas decidían tomarse un respiro.
Los tiempos modernos han llevado a chefs reconocidos por la Guía Michelín a bordo de los trenes de alta velocidad diseñando menús de desayuno, comidas y cenas que en general pasan con un aprobado alto el examen de cualquier gourmand que viaje ya sea en la clase Club, ya sea en preferente, donde la actuación se ajusta más a la cruda realidad de un servicio de restauración en plaza a 299km/h. Jordi Cruz, asesor de CWL, la compañía filial de Accor, dice que se trata de hacer pinceladas de sabor en lienzos de porcelana. CWL es junto a Cremonini los únicos operadores en este sector. Están a la espera del fallo del concurso convocado recientemente para el otorgamiento de las concesiones de Renfe que vencían este año y que suponen un negocio de unos 130 millones de euros repartidos entre un 88% para la primera y un 22% para la segunda.
La proliferación de variados menús (nada que ver con el pase del mismo film una y mil veces de forma recurrente) permiten reconocer la labor de los concesionarios de los servicios de restauración en plaza. Son completos, funcionales y en ocasiones hay platos, sean entrantes o principales (los postres dejan bastante que desear) para destacar positivamente. Una llamada de atención sobre el pan. Sigue siendo el punto débil de los menús. Y mira que con el precocido se hacen hoy maravillas…
Otra valoración positiva es la del servicio. Al lado de un personal cada vez más profesional que se esfuerza por cumplir los protocolos operacionales (la toma de temperaturas para controlar la cadena de frío es encomiable, comparado con otras empresas de servicios a colectividades en tierra). Sin embargo, debe haber problemas mil con los hornos de regeneración (o con el cumplimiento de las instrucciones para su uso) ya que algunos platos no se sirven en las condiciones debidas y sigue sin resolverse el estruendo del paso de los carros por las puertas de acceso a los vagones. Se supone que el viajero busca en Gran Clase y por qué no, en Preferente, momentos anti-stress que no resuelven dichos contenedores; lo que unido a esos viajeros que berrean desde los móviles, no contribuye a hacer placenteros los viajes o a la debida preparación de cruciales reuniones al llegar a destino.
Para la clase turista, en cambio, el vagón-cafetería es lo más festivo y hasta “cool” que podría encontrar esta clase de viajero. No importa abalanzarse sobre la primera fila de clientes en la barra, donde con gran paciencia y mayor voluntad, un par de miembros de la tripulación hacen maravillas con los bocadillos y las bebidas. Hay quien pasa jovialmente sobre todo si va en grupo, mas de la mitad del viaje en la plataforma-sala de tan original cafetería.
Las compañías concesionarias han querido esforzarse en hacer de esos vagones-cafetería un lugar agradable, y tanto la tematización cervecera en el AVE de Sevilla como el concepto más global de “Claro”, en otras líneas, y “Café” implementados por CWL, cumplen hasta el momento satisfactoriamente. Cabe destacar también la labor de esta última compañía con los trenes que traspasan la frontera hacia distintas capitales europeas, donde el servicio en mesa es notable en primera clase.
Pero ¿qué nos depara el futuro?. Ya explicábamos en el nº 102 de esta revista y en este artículo, que se había convocado un nuevo concurso de renovación de concesiones, cuyo fallo seguro que reportará alguna que otra sorpresa. ¿Aparecerán nuevos operadores? No hay dos sin tres.¿Ofrecerá el ganador, nuevos conceptos y servicios de restauración?¿Desaparecerán los servicios de mostrador en los vagones-cafetería, en aras de la implantación de máquinas de vending? Muy pronto se sabrá.