InicioActualidad“Lo que pedía Madrid hace 35 años es lo que pide hoy”

“Lo que pedía Madrid hace 35 años es lo que pide hoy”

Casa Lucio no es sólo un nombre. La calidez del hogar y la acogida de una gran familia se perciben nada más cruzar la puerta. Y allí, con su chaquetilla blanca, a sus 74 años, recibiendo a todo el que entra, está el cabeza visible: Lucio Blázquez, una leyenda viva de la hostelería española. Además de este local, en manos de sus hermano y sus hijos están otros tres restaurantes madrileños: El Landó, La Taberna de los Huevos de Lucio y El Viejo Madrid.

Da la sensación de que todos los clientes y camareros se conocen entre sí; intercambian bromas y chascarrillos, y a poco que ponga de su parte, cualquier advenedizo entra en el juego. El archiconocido Lucio Blázquez, al contrario que el otro noventa y nueve por ciento de los hosteleros españoles, dice no tener ningún problema de personal, y eso se nota en el ambiente. De hecho, indagando, hay algunos empleados que llevan media vida trabajando en la casa. “Nos tratamos bien mutuamente. Yo soy compañero, no hay jefe. Esto ya no se lleva”, explica orgulloso Lucio. Y una piensa que sin duda que la capacidad innata de saber tratar a cada cual, ya sea a un camarero o al Presidente de la República Francesa, es una de las claves del éxito profesional y personal de este abulense que lleva en el tajo desde los trece años. La otra es trabajo, trabajo y trabajo; sacrificio en su más puro significado. Cuando todavía era un niño, eso sí, un niño de lo más espabilado, hubo un maestro en Serranillos, su pueblo, que supo ver su potencial y habló con su padre para que le enviase a Madrid. En aquel pueblo pobre de la posguerra no había futuro para un chaval como aquel. Y así ocurrió. “Me echaron del pueblo”, recuerda ahora con sorna Lucio. Su padre lo llevó a la vaquería de un amigo de la guerra, pero el joven echaba de menos su casa y regresó, aunque al poco volvió a Madrid, a la Posada de la Merced, donde hoy se sitúa uno de los restaurantes de la familia. Luego pasó por la Taberna de Parrales, aunque su mira estaba puesta en el Mesón del Segoviano, donde se ubica hoy Casa Lucio.

Chico de los recados
Su oportunidad llegó y desde luego que el chaval no la desaprovechó. Comenzó fregando, limpiando suelos y haciendo de “chico para todo”, según cuenta con unos ojos que conservan el brillo de antaño: “Por aquel entonces trabajaba diecisiete horas diarias y libraba dos horas por la tarde cada quince días”. Pasada con creces la prueba, el joven Lucio empezó a husmear en la cocina tomando buena nota de cómo se elaboraba cada receta y metiendo las narices en el horno para ver cómo se asaban los corderos y cochinillos. Pero sus funciones, amén de echar una mano en la cocina, eran mucho más amplias: “En ocasiones, alquilaba un carro y tirando de él, haciendo de caballo, me iba a por el suministro a la Estación del Norte (la que hoy es Estación Príncipe Pío) y otras veces, a Atocha”. Con quince años, y habiendo gente mayor y con más experiencia, su jefa, que algo vería en él, le nombró encargado. Así que en El Mesón del Segoviano estuvo quince años aprendiendo en cocina, sala y lo que fuese menester. “Los clientes me llamaban ‘el atómico’ de lo rápido que era y del ahínco con el que trabajaba”, asegura. Su sueldo, dice, lo ganaba prácticamente en propinas.

Por aquel entonces, a aquel mesón de la Cava Baja llegaban estudiantes, pero también algunos intelectuales a los que no se les escapaba el talento del joven. Algunos de estos clientes, entre ellos el Nobel de Literatura Camilo José Cela, y el pintor Eduardo Vicente, pensaron que aquel local se le había quedado pequeño y le ayudaron a buscar otro lugar. Encontraron, pero el dueño no se lo quiso vender. De acuerdo con Lucio, “sabía lo que yo valía y se quiso poner a medias conmigo”. Catorce años de su vida transcurrieron en aquel establecimiento de cuyo nombre no quiere acordarse. No debió acabar la cosa muy bien con su por aquel entonces socio. Pero Lucio había dejado una huella imborrable en El Mesón del Segoviano porque cuando la dueña decidió dejar el negocio, fue a él a quien llamó, “a pesar de que me había ido a un restaurante que estaba a unos metros del suyo, y de que todo Madrid quería comprar aquel local”. Pero sólo había un posible sucesor y era él. Ya como propietario, dice, “empecé a hacer las cosas a mi manera”, cuan Sinatra. Una ristra innumerable de premios y reconocimientos atestiguan que no le ha ido nada mal.

Distinguidas amistades
Vi qué era lo que pedía Madrid hace treinta y cinco años. ¿Qué era? pregunto. “Lo mismo que pide ahora”, contesta él. Y aclara: “buen género y la mejor gente trabajando y con ganas de superarse cada día”. Y debe ser verdad. Es martes al medio día y el local está que no cabe un alfiler. “Llevamos treinta y cinco años haciendo lo mismo y cada vez vamos a más”, señala sacando pecho y consciente de que es muy difícil – él dice que imposible – que alguien consiga lo que él: “Esto es irrepetible”, asevera. Lo dice como lo siente, y refiriéndose también al ámbito personal. Es un hombre feliz, que ama su trabajo, ama a sus clientes, ama a sus tres hijos – ¿ves qué guapos son?, me pregunta enseñándome una foto en la que aparecen junto a algún personaje famoso que no logro recordar – y, por supuesto, a su mujer, con la que lleva casado 47 años, “y enamorado”, puntualiza. “Lo he conseguido todo”, concluye. Alardea de haberle sacado todo el jugo a la vida: “He sido uno de los hombres que mejor se lo ha pasado en este país. He estado de juerga con artistas, con toreros,… Alguien se lo habrá podido pasar igual, pero mejor, no”. Ahí queda eso. Y a continuación, saca una pequeña muestra de fotos recientes y antiguas de personajes de relevancia mundial que han desfilado por los salones de su casa. Sin desperdicio: desde García Márquez a Clinton, pasando por Sarkozy, Leonardo di Caprio, D. Juan de Borbón, El Juli, George Clooney, Valeria Mazo, Iker Casillas (por cierto, Lucio Blázquez es Atlético hasta la médula)… y un interminable elenco de auténticas celebridades. (www.casalucio.es) l
Elia García

Lo que dan de sí unos huevos rotos
Uno de los platos más sencillos y humildes de la carta, los huevos rotos, tiene el honor de ser el buque insignia de Casa Lucio, imponiéndose en fama al cocido, el cordero o los mariscos que conforman también en una oferta basada en la tradición y la calidad del género. Y en el capítulo humano, cabe mencionar que codo con codo con Lucio Blázquez trabajan Aurelio Calderón – jefe de cocina- y Teodoro Martín -jefe de sala-, y los hijos del fundador: María del Carmen, Fernando y Javier. Si bien las horas de estos están repartidas entre Casa Lucio, y los otros restaurantes del grupo, en especial la Taberna de los Huevos de Lucio –abierto en 2001- y el Viejo Madrid, que comparten prácticamente todas sus recetas con la casa madre y también su localización, en el Madrid de los Austrias. Lo mismo sucede con El Landó, concebido originalmente como club privado para arquitectos, y que actualmente dirige Ángel González, cuñado de Lucio. En total, son ochenta empleados, aunque el grupo no ha facilitado datos de facturación. l

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